A Málchick y los demás

Nacer no humano en este planeta es bastante jodido. Nacer no humano perro puede ser en algunos casos muy placentero, en otros bastante chungo, y en otros un infierno. Hoy quiero hacerme eco de dos noticias que me han llegado muy distintas y de polos opuestos de nuestro globo.

La primera tiene que ver con Moscú, los perros y el metro. ¿Cogen el metro los perros? Al parecer, en Moscú sí.
La noticia no he conseguido encontrarla en ningún diario “serio”, sino únicamente en diferentes puntos de la blogosfera, como este (hay muchos si rastreas en google). Los perros fueron desplazados del centro de la ciudad cuando, tras el colapso de la URSS en los 90, los complejos industriales moscovitas se trasladaron del centro a la periferia. Pero en el centro estaba su hogar, y además en el centro hay muchas más posibilidades de conseguir comida. Los perros, con un gran sentido de la orientación espaciotemporal, aprendieron el camino en metro y aprendieron a bajarse en la estación adecuada. Una vez en el centro, los perros utilizan distintas estrategias para conseguir comida, o bien adoptando poses cariñosas o bien directamente distrayendo a los dueños de los puestos de comida rápida.

Y es que, aunque desde los medios estadounidenses se cuenten truculentas historias acerca del “grave problema de sobrepoblación” de perros en Moscú y se cuentan historias de pobres y probos ciudadanos atacados y mordidos por jaurías de perros salvajes, sin embargo en otros sitios nos hablan del amor de los moscovitas por sus canes, y concretamente los que viven o viajan en el metro. Hasta el punto de que, según esta noticia, han erigido un monumento al perro callejero. En la estación de Mendeléievskaya vivía un perro que hacía compañía a los trabajadores de dicha estación. Al perro lo llamaron Málchik, que significa “niño”. Desgraciadamente, un día Málchik fue asesinado a puñaladas, hecho que conmocionó no solo a sus amigos los taquilleros del metro sino a todos los moscovitas. Así pues, con el apoyo de conocidas personalidades de la literatura, el teatro y la música y mediante recaudación de fondos de particulares tanto rusos como extranjeros, se erigió un monumento llamado “Compasión”. En memoria de Málchik. Viajer@ azaros@, si alguna vez tus pasos te llevan a Moscú, no dejes de visitar la estación de Mendeléievskaya.

En el otro confín del mundo, en la isla de Reunión en el océano índico, utilizan perros tanto vivos como muertos como cebo para tiburones. La imagen de un perro vivo con los hierros del anzuelo metidos a través de su nariz es una de esas siniestras imágenes del horror de este mundo que nos ha tocado vivir, una de esas que quisiéramos no haber visto nunca. En esta web francesa se puede firmar una petición para acabar con semejante infierno.

Desgraciadamente, en muchas partes del mundo se siguen considerando a los animales como cosas. Como reclamaba en otro punto de este blog, no podemos seguir ateniéndonos a una ética cartesiana. Ya sabemos que los animales que nos rodean son capaces de sentir igual que nosotros, que les duele igual que a nosotros si los dañamos, que sienten estrés, miedo, ansiedad, dolor, alegría, celos, ganas de jugar, soledad, aburrimiento, diversión… ¿Cómo es posible que sigamos tratándolos como cosas? ¿Cómo es posible coger un perro, clavarle un anzuelo por la nariz (tratad de imaginar lo doloroso que esto puede ser), y echarlo al agua, donde morirá ahogado, dolorido y aterrorizado? Es posible cuando no somos capaces de ponernos en su lugar. Cuando seguimos viviendo con ese profundo abismo entre “nosotros” y “los animales”, en esa pesadilla a la que condenamos a los que están al otro lado del abismo. Sólo despertando a una realidad de empatía saldremos de ahí. Mientras tendremos que seguir erigiendo estatuas a todos los Málchik torturados o asesinados por el antropocentrismo.

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