Revisión ética

Hace 400 años, un señor llamado René Descartes sostuvo que los animales no eran capaces de sentir. Para Descartes, el aullido de un perro al apuñalarlo, por ejemplo en prácticas de vivisección, era como el chirrido de un mecanismo de relojería. Esta creencia dominó la forma de pensar de los seres humanos y la relación de estos con los animales durante mucho tiempo. Aún 200 años después, un médico francés llamado Claude Bernard torturaba cruelmente a perros para encontrar – sin éxito – el origen de la diabetes. Tal era el horror de sus experimentos sin anestesia alguna, que su mujer y sus hijas fundaron la primera sociedad anti-vivisectora de Francia.

Mucho han cambiado las cosas desde Descartes. Especialmente a lo largo del pasado siglo XX, la ciencia de la Etología – que estudia el comportamiento de los animales – ha avanzado a pasos agigantados. A medida que hemos ido estudiando a los animales, nos han ido sorprendiendo más y más. La mayoría de los mitos que rodeaban nuestra imaginada superioridad humana han ido cayendo uno tras otro. El ser humano ya no es el único animal capaz de construir herramientas, ni de comunicarse con un lenguaje, ni siquiera de enamorarse. Los animales no son simplemente capaces de sentir placer y dolor. Son también capaces de constituir jerarquías sociales, de guardar luto por sus muertos, de sentir frustración, de engañar, de jugar, de alegrarse de ver a un viejo amigo, de sentir miedo, soledad, felicidad, alegría o aburrimiento. Los mamíferos y las aves, que forman el grupo de animales más explotado por el ser humano, son seres extraordinariamente complejos en los planos físico, psicológico y emocional. Incluso los peces, de los que hasta hace poco no se sabía gran cosa, han demostrado tener un complejo sistema nervioso que los hace muy sensibles.

¿Ha cambiado todo esto nuestra consideración por los animales? No. Ni un ápice. A pesar de todo lo que hoy día sabemos sobre ellos, seguimos tratando a los animales exactamente igual que lo haría Descartes. Al igual que si fueran cosas u objetos inanimados, comerciamos con ellos, los cazamos por deporte, experimentamos todo tipo de productos en ellos y los criamos en gigantescas fábricas siguiendo procesos de producción industrial como si fueran piezas de una cadena de montaje. El inmenso sufrimiento que les causamos resulta difícil de imaginar. En nuestro sistema legal, y a pesar de que existen tímidas leyes que protegen a algunos animales como las “mascotas”, los individuos que no pertenecen a la especie humana son considerados objetos de propiedad, recursos o bienes de consumo. A efectos estadísticos, se estima que mueren en todo el mundo unos 3.000 animales por segundo. El escritor judío y premio Nobel de Literatura Isaac Bashevis Singer, que sufrió en su juventud las consecuencias del nazismo en Europa, afirmó que los animales viven en un eterno Treblinka.

No podemos seguir en esta espiral de destrucción, crueldad, muerte. Mientras lees estas líneas, están muriendo y sufriendo animales. Sólo una revisión de nuestros conceptos éticos podrá cambiar la situación, y dicha revisión pasa por extender los beneficios de nuestra consideración moral más allá de la absurda barrera de la especie, de forma que abarque a todos los individuos capaces de sentir. Es hora de que todos los Treblinkas de este mundo echen el cierre definitivamente. Es hora de que sepamos convivir en paz con el resto de nuestros compañeros de planeta.

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